Cuando ingresé a la universidad, el curso más horrible que tenía que llevar era matemática básica. Siempre me pregunté para qué me serviría una materia así si yo iba a estudiar comunicación. Todos los de la facu tenían mala reputación, excepto las chicas, las demás facultades decían que eran las más lindas de la UL, pero los chicos… ellos eran los más vagos del planeta.
Desde que ingresé a tomar cursos en la facu, conocí de todo, gente responsable, gente nerd, gente tonta y los que abundaban eran los chistosos. En comparación con otras facus, la gente de comunicación era la más relajada. Los chicos de derecho comenzaban a usar ternos y sastre desde tercer ciclo mientras que los de comunicación con las justas llegaban a usar algo formal en octavo ciclo y eso.
A veces me sentía mal al conversar con mis amigas que estudiaban economía o ingeniería industrial. Todo el día las encontraba con sus calculadoras, separatas, mientras yo con las justas me acordaba de la tabla del 9 de multiplicar. Lo único con lo que las podía asombrar era: “Me han dejado un huevo de lecturas” (le tenían miedo a las letras).
Hoy que soy publicista, estoy muy segura que tengo una de las profesiones más complicadas del planeta… ya quisiera un arquitecto construir toda una campaña publicitaria o defender un abogado de la misma manera que un creativo defiende su idea, ya quisieran los psicólogos entender a los consumidores que no piden consulta o los doctores operar esas grandes heridas que tienen las compañías por la baja venta de sus productos.
Después de tiempo entendí que la matemática no sólo era para fregarte la vida, sino para que tu cerebro se vaya preparando para los problemas y ecuaciones de la vida. Al final los publicistas resultan siendo los más inteligentes.